Reforma sin cambiar los partidos

Nuestro sistema político-electoral gravita en torno a los partidos políticos. Desde que estos fueron concebidos constitucionalmente como “entidades de interés público” todo pasa y depende de ellos: lo formal y lo informal; lo fáctico y lo institucional-legal.
Incluso, el ejercicio de la soberanía para la integración y renovación de los poderes populares y representativos, por principio descansan en los partidos políticos (aunque se abran candidaturas independientes). Baste tan solo una lectura sobre el orden lógico en que está el capítulo “De la soberanía nacional y de la Forma de Gobierno” (artículos 39 y siguientes de la Constitución); y en la práctica baste ver quiénes definen y conducen el Pacto por México; basta ver cómo el Poder Legislativo a escala federal y en las entidades gravitan en torno y voluntades de grupos partidistas; baste ver cómo se integran los órganos de estado (desde el Poder Judicial hasta los órganos autónomos electorales, de derechos humanos y de transparencia) en decisiones extra muros de los Congresos y con la bendición, empuje y recomendación de dirigentes y grupos partidista.
Estas “entidades de interés públicos” sostenidas con recursos públicos sólo rinden cuentas tangencialmente; disponen de los recursos como “derecho” que sólo pierden descontándoles lo que reciben si mal lo gastan o lo desvían. Los procesos electorales de México son los más caros por los partidos políticos; sin el financiamiento a ellos nos ahorraríamos la tercera parte del costo electora (ver “Fortalezas y debilidades del sistema electoral mexicano. http://bit.ly/1bt1cja).
¿Deseamos un cambio sustancial de nuestro sistema político-electoral? Es simple, revisemos nuestro sistema de partidos, comenzando por el financiamiento vía prerrogativas. ¿De qué han servido los 50 mil 425.6 millones de pesos que recibieron los partidos a escala nacional de 2000 a 2012? ¡Aparte está el financiamiento que reciben en las entidades!
Mientras las decisiones de interés público estén mediatizadas, filtradas, condicionadas por los partidos políticos como están ahora, es mejor no hablar de participación ciudadana.
Los partidos políticos en un sistema democrático liberal como el nuestro son un mal menor, pero no por ello tienen que ser el eje a través del cual gravite la soberanía y participación ciudadana.
Comencemos por cambiar nuestro sistema de partidos.
Fuente: Milenio Jalisco 28 de octubre de  2013
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